HABRÁ SANGRE: ADELANTO ESPECIAL


    Lectores:

Falta menos de dos meses para que mi nueva novela, Habrá sangre, esté por fin en nuestras manos. En esta historia vuelvo a traer una historia del detective Brett Morrison. Y digo vuelve, porque esta no es la primera novela donde aparece este personaje. Como protagonista o como parte del reparto secundario. Y antes de que te lo preguntes (o a mí), NO, NO se trata de una secuela o un spin-off de mi serie de novelas interconectadas Todos estos crímenes en Oregón, que incluye las de la bilogía Bosque negro y su precuela, Donde nunca llueve. Esta nueva novela es independiente. Autoconclusiva. No menciona acontecimientos de las novelas anteriores. Por tanto, no hace falta haber leído los títulos antes referidos para adentrarse en esta breve historia.

Cuando tuve una idea bastante clara sobre la trama de esta novela, no se me ocurrió ningún personaje mejor que Brett para llevarla adelante. El detective Brett Morrison —primero de la unidad de robo, después de la unidad de homicidio, del departamento de Policías de Salem, Oregón— tuvo su primera (y única) mención en un capítulo de Bosque negro (2019). Tuvo una breve participación en Donde nunca llueve (2020) y un poco más que eso en la secuela de Bosque, Nieve roja (2023). Además, durante la espera de Nieve, Morrison protagonizó un relato titulado Objetos perdidos, cuyos eventos tampoco son referidos en Habrá sangre.

A continuación quiero compartirles un adelanto especial. Se trata del preludio de la novela. Una escena que escribí para otra historia, pero terminó en esta como si ese hubiera sido el plan desde el principio. (No veremos al detective Morrison, pero tendremos una idea de qué se enfrentará en las siguientes páginas.) Espero te guste, lector. Te entrego estas palabras con cariño. Como siempre.


Fragmento de Habrá sangre: Preludio



El turno de Mark Suby, portero interino del complejo de apartamentos de lujo Bellevue, iniciaba cada día a las 6.15 a.m. y terminaba a las 2.15 p.m. Consistía, entre otras cosas, en sentarse detrás de un mostrador, mirar las cámaras de seguridad y, a veces, abrir cortésmente la puerta a residentes distraídos que dejaban sus llaves olvidadas en el auto, la cual era la excusa más habitual estos días, y había muchas más de las que escoger entre las menos creíbles.
    Daba igual. Mark no tenía problema con someterse a los empeños del escalón más bajo de la clase alta de Oregón siempre y cuando la paga siguiera siendo tan buena como hasta ahora, y las propinas todavía mejor. Además, eran solo ocho horas —sí, condenadamente aburridas— y era un trabajo temporal, que acabaría en un par de meses, una vez finalizara la baja médica del señor Townsend, a quien extirparon la vesícula biliar hace casi un mes. Pasar ocho horas de tu vida, sentado o de pie en un mismo lugar la mayor parte de este tiempo no era tan malo o tedioso como Mark quería hacerse ver. De hecho, tardó eso de una semana en aclimatarse al ambiente laboral. A veces llevaba un libro de bolsillo, o conectaba su celular al wifi del edificio y revisaba sus redes sociales (aunque esto lo que menos), o escuchaba su playlist favorito en Spotify (compuesto sobre todo por canciones de Billie Eilish), e incluso se ocupaba de baldear los pasillos, echar la basura en los contenedores, o realizar una que otra petición de los residentes como cambiar una bombilla o regar sus plantas. Casi siempre era la mar de tranquilo.
    Quizá no era el trabajo de sus sueños. Pero debía admitir que tenía sus encantos, y no le habría importado seguir allí el resto del año.
    Al menos eso pensaba antes de encontrar el cadáver.


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