EXTRA


Extracto de Nacido de Estrellas y Hollín — Capítulo 3


Se detuvo ante la puerta de su habitación, donde apoyó la cabeza y respiró profundamente antes de entrar.
    Seguía tal como recordaba. Derek pensó en la última vez que estuvo en su dormitorio: había ido a por unas mudas de ropa para pasar los días previos a la apertura del Reese en el apartamento de los Treddaway. Claro está, eso tras conseguir el Grimorio. Si bien solo habían pasado tres días desde entonces, tenía la impresión de que habían sido varios meses. Su cama estaba hecha; el escritorio, organizado. No faltaba nada a simple vista en las repisas de sus libreros: su colección de libros y CDs parecía intacta. Las paredes gris claro, el techo blanco, eran los mismos. «En el techo de mi habitación todavía tengo las etiquetas de estrellas y lunas que brillan en la oscuridad. Hice que mi padre las pusiera cuando tenía seis o siete años. Entonces le temía a las sombras —le había dicho Ash una noche—. En cambio, tú techo es solo un raso blanco. Blanco y aburrido. Y me gusta».
    ¿Qué habría querido decirle? Si acaso había intentado decirle algo.
    Era domingo a media tarde. El cielo encapotado vertía a través de la ventana de su habitación la misma luz blanquecina y fresca que imbuía las estancias de la primera planta de la casa Holbrooke.
    Aquella claridad recordó a Derek las palabras en el diario de Ben Holbrooke.
  Las palabras de Mormont seguían repitiéndose en su mente como una especia de mantra oscura. Probablemente lo seguirían haciendo por mucho más tiempo, o el resto de su vida. De momento su deseo era no pensar en nada. Quería conciliar un sueño plácido por primera vez en mucho tiempo. «Una vez aceptes la oscuridad que hay en ti, harás parte de ella». Sacudió la cabeza. Basta. Estaba cansado. Todo lo que quería era cerrar los ojos, en paz, sin tener que oír la voz cascada de aquel hombre sin rostro. ¿Acaso no tuvo suficiente la noche anterior? Había realizado un hechizo localización, sorteado hombres sombras, asesinado una nigromante, salvado a su madre, escapado de las llamas de Nick Reedstter (otra vez) liberando un poder nuevo e inexplicable del que no sabía hasta hace unas horas.
    ¿Acaso no merecía un descanso?
    Claro que sí lo merecía.
    Pero una vez recostó la cabeza en la almohada y cerró sus ojos, imágenes aleatorias de su pasado y de su presente destellaron de improviso en la oscuridad que le proveía sus párpados. Se volvió de miras al techo. Abrió los ojos. Suspiró frustrado, golpeando con las manos la cama a los costados de sus piernas, y se preguntó si quizá se habría tratado de un mal sueño desde el principio.
    Entonces escuchó un graznido.
  Derek se irguió. Al mismo tiempo una brisa fría entró en su habitación y recorrió sus brazos, erizándole la piel. Escuchó otro graznido. Derek ladeó la cabeza hacia la ventana, la cual no recordaba haber abierto al entrar en el dormitorio. Y lo vio. Era un cuervo de brillante plumaje negro como alquitrán posado en el vano. Derek se levantó lentamente de la cama, como procurando no asustarlo (aunque sabía que eso no pasaría), y, con la misma cautela, empezó a acercarse. El cuervo graznó, dio unos saltos, y batió las alas con extraño ímpetu.
   A mansalva se trataba del mismo cuervo que se estuvo posando en su ventana durante sus primeros días en la ciudad, pensó Derek. Por eso sabía que no se espantaría tan fácilmente.
  A medida que se le acercaba, Derek advirtió que el cuervo empezaba a inquietarse más y más, virando la cabeza de un lado a otro, graznando. De pronto recordó haberlo visto en otra parte: en un boceto en el diario de Ben Holbrooke. A este lo acompañaba una frase que nunca olvidaría. Mormont, dedujo Derek. Siempre estuvo vigilándolo desde las sombras.
    El cuervo era...
    Y, de súbito, el cuervo alzó vuelo profirieron un sonoro graznido. En tanto que se perdía de vista en el cielo blanquecino de la tarde, Derek desvió la mirada al escuchar una hoja de papel que planeaba hasta sus pies desde la ventana. Manchas oscuras (¿de ceniza, carbón, hollín?) en la cara que tomó Derek lo previnieron de lo que encontraría una vez le diera vuelta: un boceto. Y este también iba acompañado por aquella misma frase que leyó en el diario de su antepasado.
    Para mi hijo, decía.
    No había duda. Era Mormont. Le dio vuelta para ver su contenido.


Todos los derechos reservados por el autor. © 2025, B. J. Castillo


Extracto de Nieve Roja — Alcides


Mientras bebía un whiskey a las rocas (y se resistía a la tentación de fumar un cigarrillo para apaciguar su creciente ansiedad), Alcides pensaba en cómo había terminado en aquel lugar a miles de kilómetros de casa. Empinó el vaso a la vez que recordaba la noche en la que encontró a Brett Morrison en el apartamento de Wiklund. Desde entonces habían transcurrido varios días.
    «Lo mismo me gustaría saber, Morrison, ¿qué haces tú aquí?»
    Alcides había hecho su pregunta sin bajar el arma. En su cabeza resonaba la advertencia del jefe sobre la secta enviando a uno de sus subordinados para borrar cualquier indicio que pudiera develar la ubicación de su asentamiento secreto. «Ellos tienen ojos y oídos en todas partes», había dicho también. Le resultó difícil, más no insólito, creer que Morrison era uno de ellos. Por eso, y solo por eso, bajó su arma después de que contestara por qué estaba en el apartamento del jefe. La respuesta de Morrison hizo eco en su cabeza junto a las palabras de Wiklund. Al parecer, había acudido a la morada del jefe por la misma razón que Alcides: la portátil de segunda con la que intercambió correos con el informador anónimo. Había ido por ella antes de que fuera tarde.
    Pero era tarde. Ya no estaba en el compartimiento secreto del armario donde Wiklund había dicho que estaba, y Rowe lo constató de primera mano al ir con Morrison al dormitorio principal. Estaba destrozado: jirón de sábanas por aquí, almohadas por allá, gavetas con su contenido vertido por todas partes, una espejo roto por el impacto de una lámpara de noche, y un portarretrato hecho un amasijo de cristales a los pies de la cama desvencijada, con una foto de Wiklund, sonriente, acompañado por su hermana y su sobrina, explicó Morrison cuando advirtió que Alcides había puesto su atención en ella.
    Por último, el armario... Lo habían desvencijado tal como habían hecho con las cajoncillos de la cómoda. Y más: quien o quienes fueron los que causaron aquel desastre había quitado los tablones del piso a punta de martillazos. También debió valerse de un punto en concreto del día (tal vez mientras un Mazda embestía a un Nissan en la calle Trade) para evitar ser vistos u oídos. Como fuera, el compartimiento estaba vacío. Lo que alguna vez guardó dentro había sido tomado por la fuerza, con premura, por las mismas personas desalmadas que sabían del accidente que ocurriría ese mismo día.
    Aquella noche, más tarde, Rowe se había marchado a casa preguntándose (al menos en su fuero interno) por qué habrían causado tales destrozos en el cuarto de Wiklund tras haber conseguido lo que buscaban. Carecía de sentido. Y además, la escena, más que una violenta batida, parecía el desquite de alguien furioso o resentido por algún motivo relacionada a Wiklund. Algo personal, tal vez. Quien ocasionó tales destrozos después de invadir la residencia del jefe de la policía debía conocer bien la zona y, asimismo, debía estar al tanto del compartimiento secreto en el armario. No había compartido estas ideas e interrogantes con Brett Morrison; aunque no sabría explicar el motivo (tal vez solo estaba siendo precavido), desde luego no era porque aún sospechara de él. Para nada, ¿verdad?
    Como sea, no dejó de pensar en ello toda la noche. Apenas pudo dormir, y la mañana siguiente se sentía como un cadáver ambulante, uno que ni cinco tazas del café más oscuro fueron capaces de traer a la viva. Casi al final de su jornada fue al cuarto de vigilancia. El tipo que cubría el turno de noche, llamado Kyle, acababa de ocupar su puesto cuando Alcides tocó la puerta, llevando tazas de café y ronquillas con azúcar glas. Le pidió que le mostrara las grabaciones del día anterior.
    Vio las grabaciones de las cámaras externas e internas que había en la estación. Siguió los pasos de Wiklund en su último día, pero no halló nada raro o inusual... «Espera». Alcides hizo que Kyle saliera del cuarto de vigilancia con una excusa poco creíble que el otro no se tragó a ojos vistas. Una vez solo retrocedió el vídeo a ese mismo día, a las 8.34 a.m., cuando entró en la estación con un fino maletín que bien podría guardar una portátil o archivos importantes (se inclinó por la primera opción esperando, más bien implorando, no equivocarse). Luego adelantó el vídeo a las 6:05 p.m. Wiklund emergía de su despacho y enfilaba la salida, notablemente tenso, sin aquel maletín en las manos. Alcides siguió mirando grabación de días anteriores. El jefe jamás llevaba consigo ese maletín en los meses previos a noviembre, cuando el informante anónimo solicitó que se hiciera con una nueva portátil. Desde entonces, según las grabaciones de seguridad, el jefe entró y salió de la estación asiendo ese maletín como si fuera su bien más preciado; nunca se apartó de él. ¿Habría pasado alguna vez por la cabeza de Wiklund que aquello tal vez levantaría sospechas? Claro que sí. Probablemente lo había asumido como un riesgo que estaba dispuesto a correr.
    A las 6:20, mientras una cámara exterior grababa la parte trasera del Nissan de Wiklund abandonando el aparcamiento de la estación, otra en el interior hacía lo propio y, simultáneamente, grababa el instante en el que Martin Atkins entraba en el despacho del jefe y salía de allí, segundos después, de prisa y corriendo con el maletín en la mano, no para quedárselo, sino para entregárselo a Wiklund. Pero ya era demasiado tarde.
    Deslizó el vaso vacío por la barra. «Será el último», se dijo Alcides. Lo mismo se había dicho sobre los dos o tres vasos anteriores (no estaba seguro). La joven que atendía la barra, que respondía al nombre de Mindy, le sirvió otro whiskey a las rocas sin apenas mirarlo, tan solo esbozando una breve, tenue, sonrisa antes de continuar con su colada tras la barra. Alcides bebió. Lo hizo lentamente, al mismo tiempo que ladeaba la cabeza hacia la única ventana del local. Fuera nevaba. Lo mismo que la noche que visitó la casa rodante de Martin Atkins en Phoenix Park después de hacer su descubrimiento, pensó. Sin embargo, la nieve no caía con la misma fuerza en que nevaba en aquel momento fuera del bar.
    Martin Atkins se había llevado a casa la portátil de Wiklund el día después del accidente (es decir, unas horas antes de que Alcides revisara las grabaciones); afirmó no saber por qué lo hizo, salvo porque creía que era muy importante para el jefe y quería ponerla a buen resguardo hasta que este se recupera del todo; incluso explicó que la había devuelto al despacho del jefe el día del accidente tras no poder alcanzado en el estacionamiento, una afirmación que el propio Rowe pudo confirmar de primera mano gracias a los vídeos de seguridad. En fin; si Alcides hubiera requisado la oficina del jefe antes de dirigirse a su departamento, habría encontrado la portátil en el compartimiento del escritorio y se habría ahorrado el recorrido hasta la morada de Atkins. Pero, vamos, no tenía culpa de su incapacidad para adivinar que Wiklund cometería un error de esa magnitud en su plan bien orquestado: que no hallaría el aparato en el lugar donde él mismo aseguró que estaría, ¿verdad?
    —¿Por qué? —inquirió el ayudante del jefe cuando Rowe le pidió la portátil—. ¿Cómo sé que no eres uno de ellos? Como Wettington.
    —Porque te habría matado después de escuchar tú historia.
    —Puedes hacerlo después de que te entregue lo que quieres.
    —O puedo irrumpir ahora mismo en tu habitación y cogerla yo mismo sin que corra sangre a menos que te interpongas en mi camino. —Atkins no se amilanó por la amenaza; de hecho, le cerró el paso, cruzado de brazos y plegando el cejo, como retándolo a hacerlo. Alcides se rio de su audacia—. No eres la basura que todos dicen. Eres... de confianza. Por eso te diré que el contenido de la portátil es la razón por la que Wiklund está en el hospital debatiéndose entre la vida y la muerte. ¿Qué crees que ellos te harán cuando sepan que tú la tienes? Solo ve cómo acabó el jefe. O, si en estas estamos, ve cómo terminó Lauren Flynn.
    Entonces Atkins abrió involuntariamente los ojos. Preguntó, vacilante:
    —¿Y qué piensas hacer con ella? ¿Se la entregarás a los federales?
    —No. —Alcides suspiró—. Les entregaré un botín mucho mayor.
    Alcides, pensando en lo estúpido que fue entonces, sonrió secamente para sus adentros y empinó el resto de su (¿cuarto?) vaso de whiskey. «Estúpido, sí, por haber pensado que Wiklund cometió un desliz y por haber creído que quien irrumpió en su casa no había encontrado lo que buscada, razón por la que, llevado por un arranque de furia explosiva, causó estragos en su habitación. No; quien provocó aquello sólo debía estar inspirado por un odio contra el jefe Wiklund. Nada más».
    Alcides estaba seguro de ello después de comprobar que en el maletín que le entregó Martin Atkins no se encontraba la portátil de segunda mano con la que el jefe intercambió correos con el informante anónimo. También Atkins se sorprendió cuando Alcides abrió el maletín para confirmar que el aparato estuviera en el interior. Atkins aseguró que no era la portátil con la que vio un par de veces al jefe en el café de la calle Waverly; se trataba, en realidad, de la MacBook Aire que su sobrina le había instado adquirir hace algunos años.
    —¿Estás seguro?
  —Completamente. Hace más o menos un año me pidió que actualizara el software porque la batería se agotaba demasiado rápido. Pero ese no era el motivo. En realidad...
    Atkins calló al ver el semblante sombrío de Alcides. ¿Qué importaba aquello?, quiso decirle (o, más bien, gritarle). En un instante todo se había ido al infierno. Mierda, mierda, mierda.
    Pasaron las semanas. Y un día —el mismo en el que se informó de la muerte del jefe Linus Wiklund—, recibió una llamada absolutamente inesperada desde la otra costa del país. De un número desconocido. La voz nerviosa de una chica le reveló la información que lo llevó hasta Parrish, Alaska, el destino al que se dirigía Wiklund antes del accidente. Parrish era el poblado más cercano al asentamiento secreto de los Siervos del Lucero Matutito.
    De pronto, la puerta del bar se abrió, y un finísimo manto de nieve barrida por la brisa se coló al interior. Alcides hizo un breve gesto con la mano y deslizó su vaso para que la discreta Mindy lo rellenara mientras el recién llegado se sentaba a su lado y ordenaba un whisky también. Alcides bebió su (¿quinto?) whiskey a las rocas con suma naturalidad, pidió a la chica de la barra un encendedor (bien podría haberle pedido también cigarrillos), se levantó del alzapié y fue hacia la salida. El enjuto callejón junto el bar estaba casi del todo a oscuras. Allí esperó durante más o menos cinco minutos al hombre del bar, que llevaba puesto un oscuro capote.
    —Por un momento creí que no vendrías —dijo Alcides.
    —Cómo podría haberme resistido a tu oferta. Ahora, ¿qué sigue?



Todos los derechos reservados por el autor. © 2023, B. J. Castillo







Extracto de Hasta la raíz: Escena extra:


Toda historia tenía un comienzo y un final. Para Angela, el comienzo de la historia de cómo su mejor amiga de la universidad acabó muerta tenía lugar en lo que las hermandades llamaban «día de exploración». Cristina no sentía ningún deseo de saber lo que eso era, claro que no, pero aun así permitió que la chica prosiguiera sin interrupciones.
    —La casa era enorme. No me sorprendió: mi madre me había enseñado algunas fotografías de la época que pasó allí. Sin embargo, debo reconocer, al verla en persona quedé absorta. Tenía su encanto, y era imponente. Su fachada era alta, toda blanca. Cuatro enormes pilares de estilo griego sostenían un capitel del mismo estilo. En el centro resaltaba en bajorrelieve el símbolo «АХΩ» de la hermandad. Aquella casa hacía que la residencia estudiantil en la que me alojaba pareciera una buhardilla en comparación.
    »A mi alrededor, una docena de jóvenes también admiraba, más que sólo un poco absortas, la regia mansión. Se podía percibir el entusiasmo que manaba a borbotones de ellas en una especie de aura efervescente que se esparcía en el aire. Me compadecí. No de ellas, sino de mí. En aquel momento, dicha sea la verdad, no me sentía ni la mitad de entusiasmada de lo que parecían estarlo aquellas chicas; al contrario, me sentía inexorable, ajena al entorno, fuera de lugar. Me pregunté si alguna de ellas se sentiría igual que yo en ese momento. Pero no lo creí. Ellas reían y hablaban entre sí como un grupo de escolares a las que no parecía importarles nada..., nada más que ser admitidas en la maldita hermandad. Las envidiaba. Y lo digo sinceramente.
    Suspiró.
    Así que, allí estaba ella, rodeada por un montón de chicas desconocidas, bajo la luz refulgente de un día soleado a finales de agosto. De eso hace dos meses o más. Entonces, ellas salieron de la gran casa, sonrientes: Heather Chapman y Meghan Leclercq, presidenta y vicepresidenta del capítulo, respectivamente. Angela las había visto antes, en fotos de la página de la sororidad en Facebook (incluso, confesó Angela, había hurgado en sus perfiles), por lo que al instante supo quiénes eran. Heather era la chica de veinte años, rubia y delgada, de ojos azules y sonrisa radiante. Una típica belleza norteamericana. Meghan era todo lo contrario, aunque no por eso menos bella: tenía diecinueve, una melena oscura hasta la cintura, ojos color miel y labios carnosos a lo Megan Fox. Por obvias razones, su salida provocó que todas (excluyendo a Angela) contuvieran el aliento y el tiempo se ralentizara.
    —Bueno, yo no diría que fue para tanto, pero debo admitir que aquellas dos sí saben cómo hacer una entrada.
    Como era de esperarse, Heather, la presidenta del capítulo, fue la primera en hablar. Vestía una blusa de algodón azul, una falda negra plisada y zapatos de tacón, también negros. Tenía el cabello rubio recogido en una cola de caballo y llevaba en el cuello un collar de plata cuyo dije, del que el sol arrancaba destellos, eran las letras griegas de la hermandad.
    —Bienvenidas —había dicho Heather. Amplió la sonrisa—. De parte de todas las hermanas Alpha Chi Omega, nos complace recibirlas este día en nuestra casa, la cual podría ser muy pronto la de algunas de ustedes...
    —¿Algunas, no todas? —oyeron decir a una de las chicas. Sobrevino un silencio.
    Heather y Meghan habían cruzado una breve mirada; sus sonrisas se mantuvieron congeladas en todo momento.
    —Así es —había alegado, en cambio, Meghan. Ataviada con una sudadera y pantaloncillos de chándal morados y zapatillas deportivas blancas, y con el pelo negro recogido en un moño, parecía corredora de una maratón—. Sólo un par de ustedes podrá obtener una plaza en esta sororidad. Actualmente el capítulo se encuentra en su tope de miembros activos permitidos, por lo que solo podremos admitir a dos nuevas integrantes.
    Oír aquello casi había hecho sonreír a Angela.
    —Qué extraño —siguió, con el ceño fruncido, la chica que habló antes; era bajita, morena y de rasgos hispanos, y por lo visto, también un hueso duro de roer; o más bien, una combativa pasiva, en sus propias palabras. Si su intención era ser aceptada entre las Alpha Chi Omegas, entonces iba por mal camino—. ¡Vaya pues! Y yo que creía que era todo lo contrario.
    Meghan había arrugado levemente el ceño. Preguntó:
    —¿Por qué alguien creería algo semejante?
    La otra chica había encogido los hombros como si no tuviera la menor idea, o le diera igual. («Me cayó bien desde ese momento», afirmó Angela).
    —Katherine Pollak —dijo la chica.
    Hubo un leve barullo entre las aspirantes. Por lo visto todas —Angela incluida— estaban al tanto de la tragedia que ocurrió hace seis meses en el campus. A pie enjuto la mayoría de las que allí estaban debían ignorar que la fallecida Kate fue miembro de las Alpha Chi Omega, y que una de las principales sospechosas de su muerte hacía parte de esta hermandad. La tensión era palpable; poco quedaba de aquel entusiasmo que hace un instante se percibía en el aire. Meghan fulminaba a la chica hispana, que en absoluto parecía intimidada ante su fría contemplación; de hecho, todo lo contrario.
    Heather intervino, aclarándose la garganta y forzando una sonrisa:
    —Sin duda, la muerte de Kate ha sido un golpe durísimo que hemos tenido que sobrellevar estos últimos meses. Pero nada tiene que ver eso con nuestro limitado cupo de admisión. —Habló con tanto aplomo que casi convenció a Angela de aquello. Las demás, salvo por la joven que había rebatido, sí que quedaron convencidas; ella lo notó al ver cómo volvían sonreír, se miraban con nerviosismo y hablaban entre sí, como antes. Heather abundó—: Solo cinco serán convocadas para el proceso de preselección, y, como hemos dicho, dos serán las elegidas para finales del próximo mes. Aquellas que quieran aplicar por un lugar entre las Alpha Chi Omega, podrán hacerlo, llenando un formulario, al finalizar la exploración. Ahora, acompáñenos dentro. Nos morimos de ganas por mostrarles el lugar —añadió.
    Meghan y la otra chica seguían fulminándose. Heather debió fijarse, pues, con una sonrisa tensa, enroscó su brazo en el de Meghan y tiró de ella en tanto invitaba al grupo a pasar al interior de la casa para iniciar con el recorrido. El día de exploración, lo llamaban. Y una mierda.
    Las siguieron. Durante un momento Angela sintió que el entusiasmo del grupo volvía a lo que era antes (si bien para el final de la exploración solo la mitad de ellas llenaron el formulario para obtener una plaza entre las Alpha Chi Omega). Odió tener que admitirlo entonces —no tanto ahora—, pero su madre tenía razón respecto a la tranquilidad palpable que imperaba dentro de la casa. La percibió nada más entrar. Quedó más encantada, si cabe, que al admirarla por fuera. A donde quiera que mirabas, había miembros de la sororidad realizando diversas actividades, o sin más pasando el rato: algunas leían en pequeños cenáculos en la salita de estar, otras se pintaban las uñas o maquillaban en la sala contigua; un trio preparaba canapés veganos en la cocina y otro hacía el baldeo, una diligencia que, como cosa rara, parecían disfrutar. Fuera, había más hermanas —el capítulo contaba con cincuenta y dos miembros activos, contradiciendo la teoría de la chica hispana que había incitado la cólera de Meghan Leclercq—, haciendo yoga, o meramente tomando el sol, o flotando en el agua cristalina de la alberca sobre enormes y coloridos flotadores.
    —No está nada mal.
    Angela ladeó la mirada. La chica hispana estaba a su lado. Fingía desdén, pero Angela sabía que ambas estaban igual de impresionadas.
    —Es mejor de lo que imaginé —dijo Angela sin pensar. Volvió la mirada hacia la alberca y protegió sus ojos del sol haciendo una visera con la mano.
    Oyó una risita.
    —¿Qué? —preguntó Angela, soslayándola.
    Ella no la miraba; tenía la vista al frente.
    —Nada —dijo, por entonces, la desconocida—. Es aún mejor de lo que parece. Ya sabes lo que dicen: “Unirse a una hermandad es la mejor forma de encontrar un hogar lejos de casa”. Y no hay mejor hermandad que esta.
    —¿Es mi impresión, o de verdad parece agradarte la idea de ser una hermana Alpha Chi Omega? Hace un rato parecía que tu intención sólo era menoscabar la paciencia de Meghan. Si de verdad quieres pertenecer a este lugar, debiste quedarte con la boca cerrada.
    La desconocida enarcó una ceja; no pareció herida, sino más bien divertida.
    —¿Y qué hay de ti? Si tan mala impresión crees que causé a Meghan y Heather, entonces no deberías estar hablando conmigo. —Sus ojos echaron a ver más allá de mi hombro. De esa forma, Angela cayó en la cuenta de que, a unos pocos metros de distancia, Meghan Leclercq las estaba fulminando con la mirada.
    Tenía razón, pensó Angela. Pero no lo dijo en voz alta. Intuyó que aquella chica ya lo sabía. Daba igual si no. Sin pensarlo, se volvió, extendió su mano y, con una amplia sonrisa, se presentó.
    —Me llamo Angela —dijo.
    La otra chica, absorta, miró su mano y luego su rostro con cierto recelo y, puede también, con cierta alegría. Y asombro. Quizá en aquel momento la chica supo lo grandes amigas que serían y que ambas marcarían sus vidas, una a la otra, para siempre.
    —Carla —respondió. Y le estrechó la mano.
    Así comenzó.


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